—Eso espero, querida —dijo el señor Omer—. Como ya he recuperado el aliento, creo que le tomaré las medidas a este joven estudiante. ¿Quiere pasar a la tienda, maestro Copperfield?
Me adelanté al señor Omer, cumpliendo con su petición; y tras mostrarme un rollo de tela que, según dijo, era de una calidad súper extra y un luto demasiado bueno para cualquier cosa que no fuesen los padres, tomó mis diversas medidas y las anotó en un libro.
Mientras las registraba, llamó mi atención hacia sus existencias y hacia ciertas modas que, según dijo, «acababan de llegar», y hacia otras ciertas modas que, según dijo, «acababan de pasar de moda».
—Y por esa clase de cosas muy a menudo perdemos una buena cantidad de dinero —dijo el señor Omer—. Pero las modas son como los seres humanos. Entran, nadie sabe cuándo, por qué ni cómo; y se van, nadie sabe cuándo, por qué ni cómo. Todo es como la vida, en mi opinión, si se le mira desde ese punto de vista.
Me sentía demasiado afligido para debatir la cuestión, la cual posiblemente habría estado fuera de mi alcance bajo cualquier circunstancia; y el señor Omer me llevó de regreso a la salita, respirando con cierta dificultad por el camino.
Luego llamó por una empinada y vertiginosa escalinata detrás de una puerta: «¡Sube ese té con tostadas con mantequilla!», lo cual, al cabo de un rato, durante el cual me quedé mirando a mi alrededor, pensando y escuchando las puntadas en la habitación y la melodía que machacaban al otro lado del patio, apareció en una bandeja y resultó ser para mí.
—Yo lo conozco a usted —dijo el señor Omer, después de observarme durante unos minutos en los que yo no había causado gran impresión en el desayuno, pues las cosas negras me habían arruinado el apetito—, lo conozco a usted desde hace mucho tiempo, mi joven amigo.