Tuvimos una alegre partida, que no se hizo menos alegre por los errores del Doctor, de los cuales cometió una cantidad innumerable, a pesar de la vigilancia de las mariposas, y para su gran exasperación.
La señora Strong había rehusado jugar, aduciendo que no se sentía muy bien; y su primo Maldon se había excusado porque tenía que hacer algo de maletas. Cuando hubo terminado, sin embargo, regresó, y se sentaron juntos a conversar en el sofá.
De vez en cuando ella venía y miraba la mano del Doctor, y le indicaba qué jugar. Estaba muy pálida mientras se inclinaba sobre él, y me pareció que su dedo temblaba al señalar las cartas; pero el Doctor era muy feliz con su atención y no se percataba de esto, si es que era así.
A la hora de la cena, estábamos lejos de estar tan alegres. Todos parecían sentir que una despedida de esa índole era algo incómodo, y que cuanto más se acercaba, más incómoda resultaba. El señor Jack Maldon intentaba mostrarse muy hablador, pero no estaba a sus anchas, y empeoraba las cosas. Y estas no mejoraban, según me pareció a mí, por obra de la Vieja Soldado: quien continuamente recordaba pasajes de la juventud del señor Jack Maldon.
El Doctor, sin embargo, que sentía, estoy seguro, que estaba haciendo feliz a todo el mundo, estaba muy satisfecho, y no tenía la menor sospecha de que no estuviéramos todos en la cúspide misma del disfrute.
—Annie, querida —dijo él, mirando su reloj y llenando su copa—, ya ha pasado la hora de tu primo Jack, y no debemos retenerlo, puesto que el tiempo y la marea —ambos de por medio en este caso— no esperan a nadie. Señor Jack Maldon, tiene por delante un largo viaje y un país extraño; pero muchos hombres han tenido ambas cosas, y muchos hombres las tendrán, hasta el fin de los tiempos. Los vientos a los que va a desafiar han