tarde, para decirle al señor Quinion que debía prescindir de mí el día de su partida, y para darme una excelente recomendación, que estoy seguro de que merecía. Y el señor Quinion, llamando a Tipp, el carretero, que era un hombre casado y tenía una habitación en alquiler, me destinó por adelantado a su casa —con nuestro mutuo consentimiento, según tenía todas las razones para creer; pues yo no dije nada, aunque mi resolución ya estaba tomada.
Pasé mis tardes con el señor y la señora Micawber durante el resto del tiempo que vivimos bajo el mismo techo; y creo que fuimos cobrándonos más afecto a medida que pasaban los días. El último domingo me invitaron a cenar; y tuvimos lomo de cerdo con compota de manzana y un budín. La víspera le había comprado un caballo de madera jaspeado como regalo de despedida al pequeño Wilkins Micawber —que era el muchacho— y una muñeca para la pequeña