ingresos y gastaba diecinueve libras, diecinueve chelines y seis peniques, sería feliz, pero que si gastaba veinte libras y un penique, sería un desdichado. Tras lo cual me pidió prestado un chelín para cerveza, me dio una orden escrita dirigida a la señora Micawber por dicha cantidad, guardó su pañuelo y se animó.
Nos sentamos ante una pequeña lumbre, con dos ladrillos puestos dentro de la rejilla oxidada, uno a cada lado, para evitar que quemara demasiado carbón; hasta que otro deudor, que compartía la habitación con el señor Micawber, entró de la tahona con el lomo de cordero que era nuestro banquete común.
Luego me mandaron a ver al «capitán Hopkins», en la habitación de arriba, con los cumplidos del señor Micawber y diciendo que yo era su joven amigo, y que si le podía prestar el capitán Hopkins un cuchillo y un tenedor.
El capitán Hopkins me prestó el cuchillo y el tenedor, con sus cumplidos para el señor Micawber. En su cuartito había una señora muy sucia y dos muchachas desmedradas, sus hijas, con el cabello despeinado y revuelto. Pensé que era mejor pedir prestados el cuchillo y el tenedor del capitán Hopkins que el peine del capitán Hopkins. El capitán en persona se hallaba en el colmo de la indigencia, con grandes patillas y un gabán marrón viejo, viejísimo, sin otra chaqueta debajo. Vi su cama enrollada en un rincón; y los platos, fuentes y cazuelas que tenía en una repisa; y deduje (Dios sabe cómo) que, aunque las dos muchachas de cabellos revueltos eran hijas del capitán Hopkins, la señora sucia no estaba casada con el capitán Hopkins.