—Entonces tráelos a cenar aquí —repliqué—. ¿Crees que vendrían?
—¡Oh! vendrían bastante rápido —dijo Steerforth—; pero le molestaríamos. Más le valdría venir a cenar con nosotros a alguna parte.
No consentiría en ningún modo a esto, pues se me ocurrió que verdaderamente debía hacer una pequeña inauguración de la casa y que jamás podría haber una mejor oportunidad. Sentía un orgullo nuevo por mis habitaciones después de que él las aprobara, y ardía en deseos de explotar al máximo sus recursos. Por lo tanto, le hice prometer rotundamente en nombre de sus dos amigos, y fijamos las seis como la hora de la cena.
Cuando se hubo ido, llamé a la señora Crupp y le comuniqué mi desesperado plan.
La señora Crupp dijo, en primer lugar, que por supuesto era bien sabido que no se podía esperar que ella sirviera, pero que conocía a un muchacho mañoso a quien pensaba que se podría convencer para que lo hiciera, y cuyos honorarios serían de cinco chelines y lo que me pareciera. Dije que sin duda lo contrataríamos.
Luego, la señora Crupp dijo que era evidente que ella no podía estar en dos sitios a la vez (lo que me pareció razonable), y que «una muchachita» apostada en la despensa con una vela de dormitorio, que no cesara jamás de lavar platos, sería indispensable. Dije: «¿Cuál sería el gasto de esta joven?», y la señora Crupp dijo que suponía que dieciocho peniques ni me harían rico ni me arruinarían. Dije que suponía que no, y eso quedó arreglado.
Entonces la señora Crupp dijo: Ahora bien, en cuanto a la cena.
Fue un notable ejemplo de falta de previsión por parte del cerrajero que había fabricado la chimenea de la cocina de la señora Crupp, el que