de lo más extraordinariamente cariñosa. El refrán dice: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Bueno, yo no sé qué decir. Más bien creo que se puede lograr algo, si se empieza temprano en la vida. Ella ha hecho un hogar de esa vieja barca, señor, que la piedra y el mármol no podrían
—¡Estoy seguro de que sí! —dije yo.
—Ver cómo se aferra esa preciosidad a su tío —dijo el señor Omer—; ver la forma en que se agarra a él, cada día con más fuerza, cada vez más y más pegada, es todo un espectáculo. Verá usted, ahí hay una lucha en marcha cuando se da el caso. ¿Por qué hacerla más larga de lo necesario?
Escuché atentamente al buen viejo, y accedí, de todo corazón, a lo que decía.
—Por lo tanto —dijo el señor Omer, en un tono cómodo y despreocupado—, les mencioné esto. Les dije: «Ahora bien, no consideren que Em’ly está atada a ningún plazo estricto. Tómense todo el tiempo que quieran. Sus servicios han sido más valiosos de lo que se suponía; su aprendizaje ha sido más rápido de lo que se suponía; Omer y Joram pueden tachar lo que queda, y ella es libre cuando ustedes deseen. Si a ella le apetece hacer algún pequeño arreglo después, en plan de hacernos algún favorcito en casa, muy bien. Si no, pues también muy bien. De todos modos, nosotros no perdemos nada». Porque —¿no lo ve? —dijo el señor Omer, tocándome con su pipa—, no es probable que un hombre tan corto de aliento como yo, y abuelo además, fuera a ponerse quisquilloso con una florecilla de ojos azules como ella.
—De ningún modo, estoy seguro —dije yo.
—¡En absoluto! ¡Tiene usted razón! —dijo el señor Omer—. Bien, caballero, su primo... ¿sabe usted que es con un primo con quien se va a casar?