Una circunstancia de lo más notable es que de veras no creo que se aferrara a esta suma tanto por la gratificación de su avaricia, que era desmedida, como por el odio que sentía hacia Copperfield. Me lo dijo así, claramente. Dijo que incluso se habría gastado tanto con tal de frustrar o perjudicar a Copperfield.
—¡Ja! —dijo mi tía, frunciendo el ceño pensativa y mirando de reojo a Agnes—. ¿Y qué ha sido de él?
—No lo sé. Se marchó de aquí —dijo Traddles— con su madre, que no había dejado de protestar, suplicar y revelar cosas en todo el tiempo. Se fueron en uno de los coches nocturnos a Londres, y no sé nada más de él; excepto que su malevolencia hacia mí al despedirse fue descarada. Parecía considerarse casi tan en deuda conmigo como con el señor Micawber; lo cual considero (como le dije) todo un cumplido.
—¿Supones que tiene algo de