—¿Y la señora Gummidge? —dije.
—Pues la verdad es que le he estado dando muchas vueltas, se lo aseguro —replicó el señor Peggotty, con una expresión de desconcierto que fue disipándose poco a poco a medida que hablaba—, en lo que respecta a la señora Gummidge. Verá, cuando la señora Gummidge le da por pensar en el difunto, no es lo que se dice buena compañía. Entre usted y yo, amo Davy (y usted, señora), cuando a la señora Gummidge le da por gimotear —nuestra antigua palabra de campo para decir llorar—, es propensa a parecerle a quienes no conocían al difunto algo cascarrabias. Pues bien, yo sí conocía al difunto —dijo el señor Peggotty—, y conocía sus virtudes, así que la entiendo; ¡pero no pasa del todo lo mismo, ya ve usted, con los demás, lo cual es muy natural!
Mi tía y yo accedimos.
—Por lo cual —dijo el señor Peggotty—, mi hermana podría —no digo que lo haría, pero podría— causarle a la señora Gummidge un poquito de molestia de vez en cuando. Por lo tanto, no está en mis intenciones amarrar a la señora Gummidge junto con ellos, sino buscarle un moradero donde pueda vividetenerse por sí misma.
(Un moradero significa, en ese dialecto, un hogar, y vividetenerse es valerse por sí misma).
—Con cuyo propósito —dijo el señor Peggotty—, es mi intención dejarle una asignación antes de marcharme, que la dejará bastante cómoda. Es la criatura más fiel. No ha de esperarse, por supuesto, a su edad, y estando sola y abandonada, que la buena vieja madre ande dando tumbos a bordo de un barco, y por los bosques y selvas de un país nuevo y lejano. Así que eso es lo que voy a hacer con ella.