—Bastante, amo Davy —respondió—, y se lo dije a Em’ly. Hay países inmensos, lejos de aquí. Nuestra vida futura se halla al otro lado del mar.
—Emigrarán juntos, tía —dije.
—¡Sí! —dijo el señor Peggotty, con una sonrisa llena de esperanza—. ¡Nadie va a poder reprocharle nada a mi niña en Australia! ¡Empezaremos una nueva vida allá!
Le pregunté si aún tenía previsto algún plazo para marcharse.
—Estuve en los muelles temprano esta mañana, señor —replicó—, para recabar información acerca de esos barcos. De aquí a unas seis semanas o dos meses, habrá uno que zarpe —lo vi esta mañana, subí a bordo— y en él tomaremos pasaje.
“¿Completamente sola?” pregunté.
—¡Vaya, amo Davy! —respondió él—. > «Mi hermana, ya