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nydus/David CopperfieldPublic
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LXI

Allí, el entregado cartero de aquel distrito me dejaba montones de cartas; y allí, a intervalos, me abría paso entre ellas a fuerza de trabajo, como un secretario de Estado de Interior pero sin sueldo.

Entre esta correspondencia se colaba, de vez en cuando, alguna amable propuesta por parte de los numerosos forasteros que siempre rondaban los Tribunales Eclesiásticos, para ejercer bajo la cobertura de mi nombre (si daba los pasos necesarios que me faltaban para hacerme procurador) y pagarme un porcentaje de los beneficios. Pero rechacé tales ofertas, pues ya era consciente de que existían muchos practicantes encubiertos de esa calaña, y consideraba que los Tribunales ya eran bastante malos de por sí como para hacer algo que empeorara la situación.

Las niñas se habían marchado cuando mi nombre brotó en la puerta de Traddles; y el muchacho avispado se pasó el día con cara de no haber oído jamás hablar de Sophy, encerrada en una habitación trasera, mirando desde su labor hacia una franja de jardín diminuta y tiznada que tenía una bomba de agua.

Pero allí la encontraba siempre, la misma ama de casa alegre; tarareando a menudo sus baladas de Devonshire cuando ningún pie extraño subía por la escalera, y embotando al muchacho avispado en su despacho oficial con su melodía.

Al principio me preguntaba por qué encontraba tan a menudo a Sophy escribiendo en un cuaderno; y por qué lo cerraba siempre en cuanto yo aparecía y lo guardaba a toda prisa en el cajón de la mesa. Pero el secreto no tardó en salir a la luz. Un día, Traddles (que acababa de llegar a casa del Tribunal bajo la llovizna aguanieve) sacó un papel de su escritorio y me preguntó qué opinaba de aquella caligrafía.

“¡Ay, no lo hagas, Tom!”, exclamó Sophy, que estaba calentando las zapatillas de él junto al fuego.

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