“¡Mi querida y buena tía!”
—Lo dejé —prosiguió mi tía, apoyando como de costumbre su mano sobre el dorso de la mía— generosamente. Puedo decir a esta distancia del tiempo, Trot, que lo dejé generosamente. Había sido tan cruel conmigo, que podría haber conseguido una separación en condiciones ventajosas para mí; pero no lo hice.
No tardó en hacer cenizas lo que le di, cayó cada vez más bajo, se casó con otra mujer, creo, y se convirtió en un aventurero, un tahúr y un farsante. Lo que es ahora, ya lo ves.
Pero era un hombre apuesto cuando me casé con él —dijo mi tía, con un eco de su antiguo orgullo y admiración en el tono—; ¡y yo creía —fui una tonta!— que era la encarnación del honor!
Me apretó la mano y negó con la cabeza.
«Él ya no significa nada para mí, Trot; menos que nada. Pero, antes que dejar que lo castiguen por sus delitos (como ocurriría si rondara por este país), le doy más dinero del que puedo permitirme, cada vez que reaparece, para que se marche. Fui una tonta cuando me casé con él; y sigo siendo tan irremediablemente tonta en ese aspecto que, por el bien de lo que una vez creí que era, no permitiría que ni siquiera a esta sombra de mi capricho se le tratara con dureza. Pues yo hablaba en serio, Trot, como jamás lo hizo otra mujer».
Mi tía zanjó el asunto con un hondo suspiro y se alisó el vestido.
—¡Ya está, querido! —dijo—. Ahora conoces el principio, el medio y el fin, y todo lo demás. No volveremos a hablar del tema el uno con el otro; ni, por supuesto, se lo mencionarás a nadie más. ¡Esta es mi historia cascarrabias y estirada, y nos la guardaremos para nosotros, Trot!