«A excepción de —añadí, al ver que se aleponaba—, que comprendo el papel de este sujeto en esta malvada historia y que, como se lo haré saber al hombre honrado que ha sido su padre desde su infancia, le recomendaría que evitara dejarse ver demasiado en
Se había detenido en el momento en que empecé, y había escuchado con su habitual sosiego de maneras.
—Gracias, señor. Pero me disculpará si le digo, señor, que en este país no hay ni esclavos ni mayorales, y que a la gente no se le permite hacerse justicia por su mano. Si lo hacen, es más por su propio riesgo, creo yo, que por el de los demás. Por consiguiente, no tengo ningún miedo de ir a donde me plazca, señor.
Dicho esto, hizo una cortés reverencia y, con otra dirigida a la señorita Dartle, se fue a través del arco en el muro de acebo por el que había venido. La señorita Dartle y yo nos miramos durante un momento en silencio; su actitud era exactamente la misma que tenía cuando había hecho aparecer al hombre.
“Dice además —observó ella, con una lenta sonrisa despectiva—, que su amo, según ha oído, anda costeando España; y hecho esto, se marchará a satisfacer sus gustos marineros hasta que se canse. Pero esto no le interesa a usted. Entre estas dos personas orgullosas, madre e hijo, hay una brecha mayor que antes y pocas esperanzas de que sane, pues son idénticos de corazón, y el tiempo vuelve a cada cual más obstinado e imperioso. Tampoco esto le interesa a usted; pero sirve de introducción a lo que quiero decir. Este demonio del que usted hace un ángel. Me refiero a esta muchacha vulgar que él sacó del fango de la marea —con los ojos negros fijos en mí y el dedo apasionado en alto—, puede que esté viva; porque