Sin hacer caso de esta invocación, nos quedamos esperando hasta que se guardó el pañuelo de bolsillo, se subió el cuello de la camisa y, para engañar a cualquiera en el vecindario que pudiera haber estado observándolo, tarareó una melodía con el sombrero muy inclinado hacia un lado. Entonces le mencioné —sin saber lo que podríamos perder si lo perdíamos de vista todavía— que me daría mucho gusto presentarle a mi tía, si tuviera a bien cabalgar hasta Highgate, donde tenía una cama a su servicio.
—Nos preparará un vaso de su propio ponche, señor Micawber —le dije—, y olvidará lo que tenga en la cabeza con recuerdos más placenteros.
—O si el confiar algo a los amigos fuera más probable que lo alivie a usted, nos lo confiará a nosotros, señor Micawber —dijo Traddles con prudencia.
—¡Caballeros —replicó el señor Micawber—, haced conmigo lo que queráis! Soy una paja en la superficie de lo profundo, y los elefantes me zarandean en