—¡Válgame el cielo! —exclamó la señorita Betsey—. ¡Eres un auténtico niño!
Mi madre era, sin duda, inusualmente joven de aspecto aun para sus años; inclinó la cabeza, como si fuera culpa suya, pobrecilla, y dijo, sollozando, que en verdad temía no ser más que una viuda aniñada, y que sería una madre aniñada si vivía.
En la breve pausa que siguió, tuvo la fantasía de sentir que la señorita Betsey le tocaba el cabello, y ello con mano nada áspera; pero, al mirarla, con su tímida esperanza, descubrió a aquella señora sentada con el faldón del vestido recogido, las manos cruzadas sobre una rodilla y los pies en el guardafuegos, frunciendo el ceño ante el fuego.
—En nombre del cielo —dijo de pronto la señorita Betsey—, ¿por qué Rookery?
—¿Se refiere a la casa, señora? —preguntó mi madre.
—¿Por qué Rookery? —dijo la señorita Betsey—.