Al dejarla de pie en el camino, el señor Murdstone se acercó adonde ella estaba y pareció amonestarla por estar tan conmovida. Yo iba mirando hacia atrás por encima de la lona del carro, y me preguntaba qué asunto era el suyo. Peggotty, que también miraba hacia atrás por el otro lado, parecía de todo menos satisfecha; como bien lo denotaba el rostro con el que se volvió hacia el interior del carro.
Me quedé mirando a Peggotty un buen rato, sumido en ensoñaciones sobre este caso hipotético: si a ella la emplearan para perderme como al muchacho del cuento de hadas, ¿sería capaz de encontrar el camino de regreso a casa siguiendo los botones que iría desprendiendo?