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nydus/David CopperfieldPublic
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XLII

dientes. No se puede abusar demasiado de mí, que soy una persona humilde. No puedo permitir que la gente se cruce en mi camino. ¡De verdad que tienen que apartarse del carro, maestro Copperfield!

—No te entiendo —dije.

—¿Pues no?—repuso él, con uno de sus tics—. ¡Me sorprende eso, maestro Copperfield, siendo usted por lo general tan avispado! Intentaré explicarme mejor la próxima vez.⁠—¿Es el señor Maldon a caballo, llamando a la puerta, señor?

—Se parece a él —respondí, con la mayor indiferencia posible.

Uriah se detuvo en seco, metió las manos entre sus grandes nudos de rodillas y se dobló de risa. Con una risa perfectamente silenciosa. Ni un solo sonido se escapó de él.

Me repugnaba tanto su odioso comportamiento, en particular este último ejemplo, que me alejé sin ninguna ceremonia; y lo dejé doblado en medio del jardín, como un espantapájaros falto de apoyo.

No fue en aquella noche; sino, como bien recuerdo, a la segunda noche siguiente, que era un domingo, cuando llevé a Agnes a ver a Dora. Había preparado la visita de antemano con la señorita Lavinia, y se esperaba a Agnes a tomar el té.

Me encontraba en un revoloteo de orgullo y ansiedad; orgullo por mi querida y pequeña prometida, y ansiedad por que a Agnes le gustara ella.

Todo el camino hasta Putney, yendo Agnes dentro de la diligencia y yo fuera, me imaginaba a Dora con cada una de las lindas expresiones que conocía tan bien; decidiéndome ahora a que me gustaría que se viera exactamente como se veía en tal ocasión, y dudando luego de si no preferiría que se viera como se veía en tal otra; y casi preocupándome hasta la fiebre por ello.

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