—Ahora bien, lo mejor que puede hacer usted, caballero, si me permite aconsejarle —dijo mi tía, tras observarlo en silencio—, es abjurar de esa ocupación para siempre jamás.
—Señora —respondió el señor Micawber—, es mi intención registrar semejante voto en la virgen página del porvenir. La señora Micawber lo atestiguará. Confío —dijo el señor Micawber con solemnidad— en que mi hijo Wilkins tenga siempre presente que le habría convenido infinitamente más meter el puño en el fuego que usarlo para tocar las serpientes que han envenenado la sangre de su desdichado padre!
Profundamente conmovido, y transformado en un instante en la imagen de la desesperación, el señor Micawber contempló las serpientes con una mirada de sombría aversión (en la que su reciente admiración por ellas no estaba del todo vencida), las dobló y se las guardó en el bolsillo.
Esto dio por concluidas las diligencias de la noche. Estábamos agobiados por el dolor y el cansancio, y mi tía y yo debíamos regresar a Londres a la mañana siguiente.
Se había acordado que los Micawber nos seguirían, tras efectuar la venta de sus bienes a un corredor; que los asuntos del señor Wickfield quedarían resueltos, con toda la celeridad conveniente, bajo la dirección de Traddles; y que Agnes también vendría a Londres, mientras se concretaban dichos arreglos.
Pasamos la noche en la vieja casa que, libre de la presencia de los Heep, parecía purgada de una enfermedad; y me recosté en mi antigua habitación, como un viajero naufragado que vuelve a su hogar.