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nydus/David CopperfieldPublic
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VII. Mi «primera mitad» en Salem House

seguro; y el vino duró casi tanto como la materia. > El pobre Traddles —nunca pienso en ese muchacho sin una extraña inclinación a la risa y con lágrimas en los ojos— era una especie de coro, por lo general; y fingía estar convulsionado de júbilo en las partes cómicas, y sobrecogido de miedo cuando había algún pasaje de carácter alarmante en la narración. Esto me desconcertaba bastante, muy a menudo. Recuerdo que era una gran broma suya fingir que no podía evitar que le castañetearan los dientes cada vez que se mencionaba a un alguacil en relación con las aventuras de Gil Blas; y recuerdo que, cuando Gil Blas se encontró con el capitán de los bandoleros en Madrid, este desgraciado bromista simuló tal temblor de terror que fue oído por el señor Creakle, que rondaba por el pasillo, y convenientemente azotado por mala conducta en el

Todo lo que había en mí de romántico y soñador se veía alimentado por tantas historias narradas en la oscuridad; y, en ese sentido, tal ocupación tal vez no me resultara muy provechosa. Pero el hecho de ser querido como una especie de juguete en mi habitación, y la conciencia de que esta habilidad mía era comentada entre los muchachos y atraía mucha atención hacia mí, a pesar de ser el más joven de todos, me estimulaba a esforzarme.

En una escuela sostenida por la pura crueldad, ya la presida un necio o no, no es probable que se aprenda mucho. Creo que nuestros muchachos eran, en general, un grupo tan ignorante como cualquier colegial existente; estaban demasiado perturbados y apaleados para aprender; no podían lograrlo con provecho, del mismo modo que nadie puede hacer nada con provecho en una vida de constante desgracia, tormento y zozobra.

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