Así nos separamos; y me vine a caballo hasta Londres con el tacto de la despedida de la mano de Dora aún leve sobre la mía, recordando cada incidente y cada palabra diez mil veces; acostándome en mi propia cama al fin, tan embelesado y tontorrón como el que más haya perdido el juicio por amor.
Cuando desperté a la mañana siguiente, estaba decidido a declarar mi pasión a Dora y conocer mi suerte. La felicidad o la miseria eran ahora la cuestión. No había otra cuestión que yo conociera en el mundo, y solo Dora podía darle respuesta.
Pasé tres días en un lujo de desdicha, torturándome al aplicar toda variedad concebible de interpretación desalentadora a todo lo que había ocurrido alguna vez entre Dora y yo. Por fin, ataviado para la ocasión a un costo enorme, fui a casa de la señorita Mills, cargado con una declaración.
Cuántas veces subí y bajé por la calle, y di la vuelta a la plaza —consciente con dolor de ser una mucho mejor respuesta al viejo enigma que la original—, antes de poder persuadirme de subir los escalones y llamar, ya no importa. Incluso cuando, por fin, hube llamado, y estaba esperando en la puerta, tuve la idea atropellada de preguntar si aquella era la casa de Míster Blackboy (a imitación del pobre Barkis), pedir perdón y retirarme. Pero mantuve mi posición.
El señor Mills no estaba en casa. No esperaba que estuviera. Nadie lo quería. La señorita Mills estaba en casa. La señorita Mills serviría.
Me condujeron a una habitación en la planta alta, donde estaban la señorita Mills y Dora. Jip se encontraba allí. La señorita Mills estaba copiando música (recuerdo que era una canción nueva llamada «Endechas del afecto») y Dora pintaba flores. ¡Cuáles no serían mis sentimientos al reconocer mis propias flores; ¡la idéntica compra del mercado de Covent Garden! No puedo decir que se