No encuentro consuelo sino en ponerme mis mejores galas y hacerme limpiar las botas una y otra vez. Me parece entonces que soy más digno de la mayor de las señoritas Larkins. Todo lo que le pertenece, o está relacionado con ella, es precioso para mi. El señor Larkins (un viejo hosco con papada y un ojo inmóvil en la cabeza) está lleno de interés para mí. Cuando no puedo ver a su hija, voy allí donde es probable que lo encuentre. Decir «¿Cómo está, señor Larkins? ¿Están las señoritas y toda la familia muy bien?» me parece tan directo, que me sonrojo.
Pienso continuamente en mi edad. Supongamos que tengo diecisiete años, y supongamos que diecisiete años es poco para la mayor de las señoritas Larkins, ¿y qué? Además, casi en un abrir y cerrar de ojos tendré veintiún años.
Regularmente doy paseos frente a la casa del señor Larkins por la tarde, aunque me parte el corazón ver entrar a los oficiales, o escucharlos arriba en el salón, donde la mayor de las señoritas Larkins toca el arpa.
Incluso camino, en dos o tres ocasiones, de manera enfermiza y cursi, una y otra vez alrededor de la casa después de que la familia se ha ido a la cama, preguntándome cuál será el aposento de la mayor de las señoritas Larkins (y eligiendo, me atrevo a decir ahora, el del señor Larkins en su lugar); deseando que se declare un incendio; que la multitud reunida se quede atónita; que yo, abriéndome paso entre ellos con una escalera, la apoye contra su ventana, la salve en mis brazos, vuelva por algo que haya dejado atrás y perezca entre las llamas.
Pues por lo general soy desinteresado en mi amor, y creo que podría conformarme con hacer un papelón ante la señorita Larkins y expirar.
Generalmente, pero no siempre. A veces se presentan ante mí visiones más brillantes.