Me acerco ahora a un período de mi vida del que jamás podré perder el recuerdo mientras conserve la memoria; y cuyo testimonio, a menudo, sin que yo lo invoque, ha acudido a mi mente como un fantasma para turbar momentos más felices.
Había estado fuera, un día, merodeando por alguna parte, de la manera apática y meditabunda que mi modo de vida engendraba, cuando, al doblar la esquina de un callejón cerca de nuestra casa, me topé con el señor Murdstone paseando con un caballero. Me confundí y disponía a pasar de largo junto a ellos, cuando el caballero exclamó:
“¡Cómo! ¡Brooks!”
—No, señor, David Copperfield —dije.
—No me lo digas. Tú eres Brooks —dijo el caballero—. Eres Brooks de Sheffield. Ese es tu nombre.
A estas palabras, observé al caballero con más atención. Al recordar también su risa, supe que era el señor Quinion, a quien había ido a ver a Lowestoft con el señor Murdstone, antes de que—no importa—no necesito recordar cuándo.
—¿Y cómo te va, y dónde te estás educando, Brooks? —dijo el señor Quinion.
Había puesto una mano sobre mi hombro y me había vuelto para que caminara con ellos. No sabía qué responder, y miré dubitativo al señor Murdstone.
—Está en casa en este momento —dijo este último—. No está recibiendo educación en ninguna parte. No sé qué hacer con él. Es un caso difícil.
Por un momento se posó en mí aquella vieja y doble mirada; y luego sus ojos se oscurecieron con el ceño fruncido, al volverse, con aversión,