Era el más apocado de su sexo, el más apacible de los hombrecillos. Entraba y salía de las habitaciones de costado para ocupar menos espacio. Caminaba tan silenciosamente como el fantasma de Hamlet, y más despacio. Llevaba la cabeza inclinada hacia un lado, en parte como modesta autodenigración y en parte como modesta propiciación hacia todos los demás. Decir que no tenía una palabra que tirarle a un perro no es decir nada. No le habría podido tirar una palabra ni a un perro rabioso. Se la habría ofrecido con suavidad, o media palabra, o un fragmento de ella; pues hablaba tan despacio como caminaba; pero no habría sido grosero con él, ni le habría hablado con presteza por nada del mundo.
El señor Chillip, mirando a mi tía con benignidad, con la cabeza inclinada hacia un lado y haciéndole una pequeña reverencia, dijo, aludiendo al algodón de joyería mientras se tocaba suavemente la oreja izquierda:
—¿Alguna irritación local, señora?
—¡Cómo! —replicó mi tía, sacándose el algodón de un oído como si fuera un corcho.
El señor Chillip estaba tan alarmado por su brusquedad —según le contó a mi madre más tarde— que fue un milagro que no perdiera la presencia de ánimo. Pero repitió dulcemente:
—¿Alguna irritación local, señora?
—¡Tonterías! —respondió mi tía, y volvió a corchosarse de un solo golpe.
El señor Chillip no pudo hacer otra cosa después de esto que sentarse a mirarla débilmente, mientras ella se quedaba mirando el fuego, hasta que lo volvieron a llamar arriba. Al cabo de un cuarto de hora de ausencia, regresó.