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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXV. Depresión

Una mano blanca se tendió hacia mí desde la ventanilla; y el rostro que nunca había visto sin un sentimiento de serenidad y felicidad —desde el momento en que se volvió por primera vez en la vieja escalera de roble con la balaustrada ancha y grande, y en que asocié su belleza suavizada con la vidriera de colores de la iglesia— me estaba sonriendo.

—¡Agnes! —exclamé con alegría—. ¡Oh, mi querida Agnes, de entre todas las personas del mundo, qué placer verte!

—¿De veras? —dijo ella, con su voz cordial.

—¡Tengo tantas ganas de hablar contigo! —dije—. ¡Es un alivio tan grande para el corazón con solo mirarte! Si hubiera tenido el gorro de un mago, ¡no habría deseado a nadie más que a ti!

—¿Qué? —replicó Agnes.

—¡Bueno! quizás primero Dora —admití, sonrojándome.

—Ciertamente, Dora primero, espero —dijo Agnes, riendo.

—¡Pero tú vas después! —dije—. ¿A dónde vas?

Iba a mis habitaciones a ver a mi tía. Como el día estaba muy bueno, se alegró de salir del carruaje, que olía (yo tuve la cabeza dentro todo ese tiempo) a establo metido en un invernadero de pepinos. Despedí al cochero, ella se prendió de mi brazo y seguimos caminando juntos. Era como la Esperanza encarnada, para mí. ¡Qué diferente me sentí en un solo minuto, teniendo a Agnes a mi lado!

Mi tía le había escrito una de sus notas extrañas y bruscas —apenas un poco más larga que un billete de banco— a las que solía limitar sus esfuerzos epistolares. Le manifestaba en ella que había caído en la adversidad y que abandonaba Dover para siempre, pero que estaba plenamente resignada a ello y se encontraba tan bien que nadie tenía por

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