cuando yo estaba a solas, solo para darme un beso y un abrazo, para mostrarme su cariño. Toda la bandada me acompañó a la estación, que estaba a una milla más o menos del pueblo, y de vez en cuando alguna se detenía para echarme los brazos al cuello, y a todas las niñitas se les quebraba la voz al hablar, aunque se esforzaban mucho por no llorar. A medida que el tren salía de la estación, las vi a todas de pie en el andén saludándome con la mano y gritando «¡Hurra!» hasta que se perdieron en la distancia.
“Les aseguro que, al entrar aquí hace un momento y ver sus caras amables (sé leer bien los rostros), mi corazón se sintió ligero por primera vez desde el momento de la despedida. Creo que debo de ser de los que nacen con buena estrella, pues no a menudo se encuentra uno con personas a las que siente que puede amar desde el primer vistazo a sus rostros; y, sin embargo, ¡apenas bajo del vagón de tren, tengo la suerte de dar con ustedes!”.