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IV

Cuando estuve en Suiza solía mirar con asombro las numerosas ruinas de castillos feudales encaramados en la cima de alturas escarpadas y rocosas, a media milla al menos sobre el nivel del mar, de modo que para llegar a ellos había que subir muchas millas de senderos pedregosos. Un castillo, como sabéis, es una especie de montaña de piedras; ¡un trabajo terrible, casi imposible! Sin duda, los constructores eran todos hombres pobres, vasallos, y tenían que pagar fuertes impuestos y mantener al clero. ¿Cómo podían, entonces, proveer para sí mismos, y cuándo tenían tiempo para arar y sembrar sus campos? La gran mayoría debió de morir, literalmente, de inanición. A veces me he preguntado cómo era posible que estas comunidades no fueran borradas por completo de la faz de la tierra y cómo pudieron sobrevivir. Lébedev no se equivoca, en mi opinión, cuando dice que en aquellos días había caníbales, tal vez en considerable número; pero no entiendo por qué ha tenido que meter a los monjes, ni qué quiere decir con eso.

—Es indudablemente porque, en el siglo XII, los monjes eran la única gente que uno se podía comer; ellos eran los gordos entre muchos flacos —dijo Gavrila Ardaliónovitch.

—¡Una brillante ocurrencia, y de lo más verdadera! —exclamó Lébedev—, ¡pues no tocó siquiera a los seglares! ¡Sesenta monjes, y ni un solo laico! Es una idea terrible, pero es histórica, es estadística; es en verdad uno de esos hechos que permiten a un historiador inteligente reconstruir la fisonomía de una época concreta, pues pone de relieve este otro punto con precisión matemática: que el clero era en aquellos días sesenta veces más rico y más próspero que el resto de la humanidad, ¡y quizás sesenta veces más gordo también...

—¡Exageras, exageras, Lébediev! —exclamaron los oyentes entre risas.

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