Expuso sus propias opiniones sobre diversos asuntos, algunas de sus opiniones y observaciones más íntimas, muchas de las cuales habrían parecido bastante divertidas, según coincidieron en comentar después quienes lo escuchaban, de no haber estado tan bien expresadas.
Al general le gustaban los temas de conversación serios; pero tanto él como Lizaveta Prokófievna sentían que aquella noche se habían excedido un poco en la dosis, y a medida que avanzaba la velada, ambos se fueron poniendo más o más melancólicos; pero hacia la noche, el príncipe se puso a contar historias graciosas y siempre era el primero en soltar la carcajada, cosa que invariablemente hacía con tanta alegría y sencillez que los demás se reían tanto de él como de sus cuentos.
En cuanto a Aglaya, apenas dijo una palabra en toda la noche; pero escuchó con los cinco sentidos la charla de Lev Nicoláievitch y apenas le quitó los ojos de encima.
—Ella lo miraba, no le quitaba los ojos de encima y bebía cada palabra que decía —contó después Lizabetha a su marido—, ¡y sin embargo, dile que lo ama, y se pone furiosa!
—¿Qué se le va a hacer? Es el destino —dijo el general, encogiéndose de hombros, y, durante un buen rato, siguió repitiendo—: ¡Es el destino, es el destino!
Podemos añadir que para un hombre de negocios como el general Epanchin, el estado actual de las cosas era de lo más insatisfactorio. Odiaba la incertidumbre en la que, por fuerza, los habían dejado. Sin embargo, decidió no decir nada más al respecto, limitándose a observar, tomarse su tiempo y seguir el compás de Lizaveta Prokófievna.
El feliz estado en que la familia había pasado la velada, según se acaba de relatar, no duró mucho tiempo.