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IX

—Qué curioso, ¡punto por punto la misma anécdota, y sucedida en extremos opuestos de Europa! Hasta el vestido azul claro es el mismo —continuó la despiadada Nastasia—. De verdad tengo que mandarle el periódico.

—Debe usted observar —insistió el general—, que mi experiencia fue dos años anterior.

—¡Ah!, ¡no cabe duda de que es eso!

Nastasia Filípovna se rio histéricamente.

—¡Padre, dime una palabra a solas! —dijo Gania, con la voz temblorosa por la agitación, mientras agarraba a su padre por el hombro. Sus ojos brillaban con un fuego de odio.

En ese momento se oyó un estruendo terrible en la puerta principal, casi suficiente para derribarla. Algún visitante de lo más inusual debía de haber llegado. Kolia corrió a abrir.

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