orgullo se lo había impedido; ahora, sin embargo, una vez roto el hielo, nada podía serle más bienvenido que esta oportunidad.
Primero con una triste sonrisa, y luego con un brillo de alegría en los ojos, admitió que una tormenta como la de hacía cinco años estaba ya totalmente fuera de cuestión.
Dijo que hacía mucho tiempo que había cambiado su manera de ver las cosas, y que reconocía que había que tener en cuenta los hechos a pesar de los sentimientos del corazón. Lo hecho, hecho estaba y terminado, y no podía comprender por qué Totski seguía sintiendo alarma.
A continuación se dirigió al general Epanchin y le observó, con la mayor cortesía, que desde hacía mucho tiempo conocía a sus hijas y que no había oído de ellas más que buenos informes; que había llegado a pensar en ellas con profundo y sincero respeto. La sola idea de que pudiera de algún modo servirlas sería para ella tanto un motivo de orgullo como una fuente de verdadera felicidad.
Era verdad que se sentía sola en su vida actual; Totski había juzgado con acierto sus pensamientos. Anhelaba elevarse, si no al amor, al menos a la vida familiar y a nuevas esperanzas y objetivos, pero en cuanto a Gavrila Ardaliónovitch, todavía no podía decir mucho.
Le parecía que debía de ser cierto que la amaba; sentía que ella también podría llegar a amarlo, si pudiera estar segura de la firmeza de su afecto hacia ella; pero era muy joven, y era una cuestión difícil de decidir.
Lo que le gustaba especialmente de él era que trabajaba, y mantenía a su familia con su esfuerzo.
Había oído decir que él era orgulloso y ambicioso; había oído muchas cosas interesantes sobre su madre y su hermana, se las había oído contar al señor Ptsitsin, y le habría gustado mucho conocerlas, pero —¡otra