tuvo la precaución de ofrecerle té a Burdovsky y a sus amigos al igual que a los demás. La invitación los hizo sentir bastante incógromos. Murmuraron que esperarían a Hipólito y se fueron a sentar solos a un rincón distante de la galería. El té se sirvió de inmediato; Lébedev sin duda lo había mandado preparar para él y su familia antes de que llegaran los demás. Daban las once.
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IX
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