Este comentario provocó una hilaridad general, y el viejo en persona rió el que más de todos, pero terminó con un ataque de tos tremendo.
Nastasia Filípovna, a quien le encantaban la originalidad y las bufonadas de toda especie, parecía tenerle mucho cariño a este viejo, y tocó la campanilla para pedir más té y hacerle cesar la tos. Eran las diez y media pasadas.
—Señores, ¿no les apetecería tomar una copita de champaña ahora? —preguntó—. Lo tengo todo listo; nos animará; venga, sin ceremonia.
Esta invitación a beber, formulada como estaba en términos tan informales, resultaba de lo más extraña viniendo de Nastasia Filípovna. Sus reuniones habituales no eran exactamente así; había más elegancia en ellas. Sin embargo, el vino no se rechazó; cada invitado tomó una copa, excepto Gania, que no bebió nada.
Era sumamente difícil explicar el extraño estado mental de Nastasia, que se hacía más evidente a cada momento y que nadie podía dejar de notar.
Tomó su copa y juró que la vaciaría tres veces aquella noche. Estaba histérica y se reía a carcajadas cada dos por tres sin motivo aparente; al momento siguiente recaía en la melancolía y la meditación.
Algunos de sus invitados sospecharon que debía de estar enferma; pero concluyeron al fin que esperaba algo, pues seguía mirando su reloj con impaciencia y sin cesar; estaba de lo más distraída y extraña.
—Parece que estás un poco febril esta noche —dijo la actriz.
—Sí; me siento bastante mal. He tenido que ponerme este chal; tengo mucho frío —respondió Nastasia. Ciertamente se había vuelto muy pálida, y de vez en cuando trataba de reprimir un temblor en sus extremidades.