intención de distraerla y entretenerla; pero la aburría terriblemente. Era distraída hasta el extremo y respondía con evasivas, y a veces ni respondía.
Pero el enigma y el misterio de Aglaya aún no habían terminado por esa noche. La última exhibición le tocó en suerte únicamente al príncipe. Cuando ya habían avanzado unos cien pasos de la casa más o menos, Aglaya le dijo a su obstinadamente silencioso caballero en un rápido y bajo susurro:
“¡Mira a la derecha!”
El príncipe miró en la dirección indicada.
“Mira más de cerca. ¿Ves ese banco, allí en el parque, justo al lado de esos tres árboles grandes, ese banco verde?”
El príncipe respondió que lo veía.
“¿Te gusta cómo está situado? A veces, temprano por la mañana, a las siete, cuando todos los demás aún duermen, salgo y me siento ahí a solas”.
El príncipe murmuró que aquel lugar era encantador.
“Ahora vete, ya no deseo llevar tu brazo; o tal vez, mejor, sigue dándome el brazo y camina a mi lado, pero no me digas una sola palabra. Deseo pensar a solas”.
La advertencia era por cierto innecesaria; pues el príncipe no habría dicho una sola palabra en todo el tiempo restante, ya tuviera prohibido hablar o no. Su corazón latía con fuerza y dolor cuando Aglaya habló del banco; ¿podría ella... pero no! Desterró el pensamiento, tras un instante de deliberación.