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VII

—Pero, ¡Dios mío y de mi vida!, —se rio Iván Petróvich—, ¿por qué no voy a ser primo incluso de un hombre espléndido?

—¡Dios mío! —exclamó el príncipe, confuso, tratando de apresurar sus palabras y volviéndose cada vez más impaciente por momentos—:

He vuelto a decir otra estupidez. No sé qué decir. Yo... yo no quise decir eso, ya sabe... yo... yo... de verdad que era un hombre magnífico, ¿verdad?

El príncipe temblaba de pies a cabeza.

¿Por qué estaba tan agitado? ¿Por qué se había entregado a tales arrebatos de júbilo sin motivo aparente? Había rebasado con creces la medida de alegría y emoción propia de la ocasión. Por qué ocurría esto sería difícil de decir.

Parecía sentir una cálida y profunda gratitud hacia alguien por algo⁠—tal vez hacia Iván Petróvich; pero con toda probabilidad hacia todos los huéspedes, individual y

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