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IX

De suerte que si nuestros lectores nos pidiesen una explicación, no ya de los absurdos rumores acerca de las opiniones nihilistas del príncipe, sino simplemente de cómo semejante matrimonio podía colmar sus verdaderas aspiraciones, o acerca de la condición espiritual de nuestro héroe en este momento, confesamos que tendríamos gran dificultad en ofrecer la información requerida.

Todo lo que sabemos es que el matrimonio en realidad fue arreglado, y que el príncipe le había encargado a Lébedev y a Keller que se ocuparan de todos los asuntos necesarios relacionados con él; que les había pedido que no repararan en gastos; que la propia Nastasia estaba apresurando la boda; que Keller iba a ser el padrino del príncipe, a petición expresa de este; y que Burdovsky entregaría a Nastasia, para su gran alegría. La boda iba a celebrarse antes de mediados de julio.

Pero, además de lo anterior, tenemos conocimiento de ciertos otros hechos indudables que nos desconciertan bastante porque parecen contradecir rotundamente a los precedentes.

Sospechamos, por ejemplo, que, tras haberle encargado a Lébedev y a los demás lo susodicho, el príncipe se olvidó inmediatamente de los maestros de ceremonias y hasta de la ceremonia misma; y estamos convencidos de que, al hacer estos arreglos, lo hizo con el fin de eludir por completo cualquier pensamiento sobre la boda, y olvidar incluso su inminencia si pudiera, delegando todos los asuntos relacionados con ella en manos ajenas.

¿Qué pensaba de todo este tiempo, entonces? ¿Qué era lo que deseaba? No cabe duda de que fue un agente perfectamente libre en todo momento, y de que, en lo que a Nastasia respecta, no se ejerció sobre él ningún tipo de presión. Nastasia deseaba una boda rápida, ¡es verdad!, pero el príncipe aceptó sus propuestas de inmediato; aceptó, de hecho, con tanta naturalidad que cualquiera habría supuesto que solo estaba accediendo a la sugerencia más simple y ordinaria.

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