Este les había ofrecido el erizo, por el que pagaron cincuenta kopeks; y el hacha les había gustado tanto que se habían propuesto comprársela por iniciativa propia.
Al oír esto, Aglaya le suplicó a Colia que le vendiera el erizo; incluso lo llamó «querido Colia» para convencerlo con mimos. Él se negó por un buen rato, pero al final no pudo resistir más y fue a buscar a Kostia Lébedev.
Este último apareció con su hacha y cubierto de confusión. Entonces salió a la luz que el erizo no era de ellos, sino propiedad de un compañero de escuela, un tal Petrof, que les había dado algo de dinero para comprarle la Historia de Schlosser a otro condiscípulo que en ese momento se veía en la necesidad de conseguir dinero vendiendo sus libros.
Colia y Kostia estaban a punto de hacer esta compra para su amigo cuando el azar llamó su atención hacia el erizo, y habían cecido a la tentación de comprarlo. Ahora iban a llevarle a Petrof el erizo y el hacha que habían comprado con su dinero, en lugar de la Historia de Schlosser.
Pero Aglaya tanto les suplicó que al fin consintieron en venderle el erizo. Tan pronto como se hubo hecho con él, lo metió en una cesta de mimbre con la ayuda de Colia y lo cubrió con una servilleta. Luego le dijo a Colia: «Ve y llévale este erizo al príncipe de mi parte, y pídele que lo acepte como muestra de mi más profundo respeto».
Colia prometió alegremente hacer el encargo, pero exigió explicaciones. «¿Qué significa el erizo? ¿Cuál es el significado de un regalo así?» Aglaya respondió que a él no le importaba. «Estoy seguro de que hay alguna alegoría en esto»,