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VIII

“Quizás —pensó—, alguien se quede con ellas hasta las nueve de esta noche y ella tenga miedo de que yo vaya y vuelva a hacer el ridículo, en público”.

Así que pasó el tiempo deseando que llegara la noche y mirando el reloj. Pero la aclaración del misterio llegó mucho antes del anochecer, y lo hizo en forma de un nuevo y agonizante acertijo.

Media hora después de la marcha de los Yepanchín, llegó Hipólito, tan cansado que, casi desvanecido, se dejó caer en una silla y le dio un ataque de tos que no podía parar. Tosió hasta que le salió sangre. Sus ojos brillaban, y dos manchas rojas en sus mejillas se volvían cada vez más y más brillantes.

El príncipe le murmuró algo, pero Hipólito se limitó a hacerle señas de que lo dejara en paz por un momento, y se quedó sentado en silencio. Al fin se recuperó.

—Me voy —dijo, con voz ronca y con dificultad.

—¿Te acompaño a casa? —preguntó el príncipe, levantándose de su asiento, pero deteniéndose de golpe al recordar la prohibición de Aglaya de salir de la casa.

Hipólito se echó a reír.

—No quiero decir que vaya a salir de su casa —continuó, todavía jadeando y tosiento—. Por el contrario, me pareció absolutamente necesario venir a verla; de otro modo no la habría molestado. Ya me voy de viaje, ¿sabe?, ¡y esta vez creo, de verdad, que me voy! Se acabó todo. No vine aquí en busca de compasión, créame. Me acosté esta mañana a las diez con la intención de no volver a levantarme antes de esa hora; pero lo pensé mejor y me levanté una última vez para venir aquí; de lo que usted puede deducir que tenía alguna razón para querer venir.

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