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Gracias al modo en que consideraba el estado moral y mental de Nastasia, el príncipe se vio en cierta medida libre de otras perplejidades. Ella era ahora muy distinta de la mujer que él había conocido tres meses atrás. No le extrañaba, por ejemplo, verla tan impaciente por casarse con él⁠—¡ella, que antes había llorado de rabia y le había lanzado maldiciones y reproches si mencionaba el matrimonio!

«Demuestra que ya no teme, como entonces, hacerme infeliz casándose conmigo», pensaba.

Y estaba convencido de que un cambio tan repentino no podía ser natural. Este rápido crecimiento de la confianza en sí misma no podía deberse únicamente a su odio hacia Aglaya. Suponer tal cosa equivaldría a dudar de la profundidad de sus sentimientos. Tampoco podía surgir del pavor ante el destino que le aguardaba si se casaba con Rogojin. Esas causas, en verdad, así como otras, podrían haber influido, pero la verdadera razón, decidió Mishkin, era la que hacía tiempo sospechaba: que aquella pobre alma enferma había llegado al límite de sus fuerzas.

Sin embargo, esta no era una explicación que le procurara tranquilidad alguna. A veces parecía hacer violentos esfuerzos por no pensar en nada, y se diría que consideraba su matrimonio como un trámite sin importancia y su futura felicidad como algo que no valía la pena tener en cuenta. En cuanto a conversaciones como la que había tenido con Evgueni Pávlovitch, las evitaba en la medida de lo posible, al sentir que había ciertas objeciones a las que no podía dar respuesta.

El príncipe había observado que Nastasia sabía muy bien lo que Aglaya significaba para él.

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