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III

espíritu, y, junto con todo eso, tanto capricho y burla, tantas ocurrencias descabelladas... ¡en fin, un pequeño demonio! ¡Acaba de reírse en su propia cara de su madre, de sus hermanas, del príncipe S— y de todo el mundo!, ¡y por supuesto que siempre se ríe de mí! Ya sabes que quiero a esa muchacha; la quiero incluso cuando se ríe de mí, y creo que esa criatura indómita me tiene un afecto especial precisamente por esa razón. Me quiere más que a cualquiera de los otros. ¡A buen seguro que ya se ha reído a gusto de ti más de una vez! Estabais charlando tranquilamente hace un momento, me fijé, después de todos los truenos y relámpagos de arriba. Estaba sentada contigo como si no hubiera habido bronca alguna.

El príncipe se sonrojó dolorosamente en la oscuridad y cerró con fuerza la mano derecha, pero no dijo nada.

—Mi querido y buen príncipe Lef Nicolaievitch —comenzó de nuevo el general de repente—, tanto Lizabetha Prokofievna como yo (¡quien ha vuelto a respetarte, y a mí a través de ti, Dios sabe por qué!), ambos te queremos de todo corazón y te estimamos, a pesar de las apariencias que indiquen lo contrario. Pero reconocerás qué misterio debió de ser para nosostros cuando esa pequeña furia fría y calmada, Aglaya —(pues se le plantó a su madre y contestó a sus preguntas con un desprecio indescriptible, y al mío aún más, porque yo, como un tonto, creí que era mi deber hacerme valer como cabeza de familia)—, cuando Aglaya se levantó de pronto y nos informó de que «a esa loca» (por extraño que parezca, usó exactamente la misma expresión que tú) «se le ha metido en la cabeza casarme con el príncipe Lef Nicolaievitch, y por eso está haciendo todo lo posible por quitarse de encima a Evgenie Pavlovitch y echarlo de la casa». Eso fue lo que dijo. No quiso dar la más mínima explicación; se echó a reír, dio un portazo y se fue. Nos quedamos todos allí con la boca abierta.

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