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XI

Querido amigo, mi casa es sencillamente un infierno ahora mismo, una especie de esfinge se ha instalado en ella. Vivimos en una atmósfera de acertijos; no le encuentro ni pies ni cabeza a nada. En cuanto a ti, estoy seguro de que eres el que menos culpa tiene de todos nosotros, aunque ciertamente has sido la causa de bastantes problemas. Verás, todo eso de ser filántropo está muy bien; pero se puede llevar demasiado lejos. Por supuesto, admiro la bondad de corazón y estimo a mi esposa, pero⁠—

El general divagó de este modo inconexo durante un largo rato; era evidente que estaba muy perturbado por alguna circunstancia de la que no lograba sacar nada en claro.

—Para mí está claro que usted no tiene nada que ver en todo esto —continuó al fin, un poco menos vagamente—, pero tal vez sea mejor que no venga a nuestra casa por un tiempo. Se lo pido de la manera más amistosa, ¿sabe?; solo hasta que vuelva a cambiar el viento. En cuanto a Evgueni Pávlovitch —continuó con cierta emoción—, todo esto es una calumnia, una vil calumnia. Es simplemente un complot, una intriga para echar por tierra nuestros planes y armar una pelea. Vera usted, príncipe, se lo digo en confianza, Evgueni y nosotros todavía no hemos dicho nada, no tenemos ningún acuerdo formal, no estamos atados de ningún modo por ninguna de las partes, pero la palabra se puede decir muy pronto, ¿no comprende?, muy pronto, y todo esto es sumamente perjudicial, y está hecho con esa intención. ¿Por qué? Estoy seguro de que no podría decírselo. Ella es una mujer extraordinaria, ya ve, una mujer excéntrica; ¡le digo que le tengo tanto miedo a esa mujer que no puedo dormir! ¡Qué carruaje aquel, y de dónde salió, eh? ¡Válgame Dios!, fui tan ruin como para sospechar de Evgueni al principio; pero parece seguro que ese no puede ser el caso, y si es así, ¿por qué se está metiendo aquí? Ese es el enigma, ¿qué es lo que quiere?

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