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VI

los misterios del círculo mágico y, por lo tanto, aquella reunión revestía el mayor interés posible para él.

Su primera impresión fue de fascinación. ¡De algún modo sentía que toda aquella gente había nacido expresamente para estar junta! Le parecía que los Yepanchín no estaban celebrando ninguna fiesta; que aquella gente debía de haber estado allí desde siempre, y que él mismo era uno de ellos⁠—devuelto a su lado tras una larga ausencia, pero uno de ellos, natural e indiscutiblemente.

Jamás se le ocurrió que toda esta refinada sencillez, nobleza, ingenio y dignidad personal pudieran ser tal vez poco más que un exquisito pulimento artístico. La mayoría de los invitados —quienes, al fin y al cabo, eran algo vacuos a pesar de su porte aristocrático— jamás sospecharon, en su autosatisfecha ecuanimidad, que gran parte de su superioridad no era más que una mera fachada, que de hecho habían adoptado inconscientemente y por herencia.

El príncipe ni siquiera llegaría a sospechar tal cosa en el deleite de su primera impresión.

Vio, por ejemplo, que un dignatario importante, con la edad suficiente para ser su abuelo, interrumpía su propia conversación para escucharle a él —un joven inexperto—; y no solo escuchaba, sino que parecía dar valor a su opinión, y era amable y afectuoso, y sin embargo eran desconocidos y nunca antes se habían visto. Tal vez lo que más atrajo la impresionabilidad del príncipe fue el refinamiento de la cortesía del anciano hacia él. Tal vez el terreno de su naturaleza receptiva estaba realmente predisuesto a recibir una impresión agradable.

Entre tanto, toda esta gente —aunque amiga de la familia y, hasta cierto punto, amiga entre sí— distaba mucho de ser tan íntima de la casa y el uno del otro como el príncipe suponía. Había algunos presentes a quienes jamás se les habría ocurrido considerar a los Yepanchín como sus

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