Diciendo esto, volvió a sentarse; una extraña sonrisa jugueteaba en sus labios. Permanecía muy quieta, pero vigilaba la puerta con fiebre de impaciencia.
—Rogozin y sus cien mil rublos, no hay duda de ello —murmuró Ptitsin para sus adentros.
Diciendo esto, volvió a sentarse; una extraña sonrisa jugueteaba en sus labios. Permanecía muy quieta, pero vigilaba la puerta con fiebre de impaciencia.
—Rogozin y sus cien mil rublos, no hay duda de ello —murmuró Ptitsin para sus adentros.