con amabilidad e incluso escuchar a un muchacho como yo; veo ante mí a personas que pueden comprender, que pueden perdonar: corazones rusos buenos y bondadosos, corazones casi tan bondadosos y cordiales como los que conocí en el extranjero. ¡Imagínense cuán encantado debí de haber estado, y cuán sorprendido! ¡Oh, permítanme expresar este sentimiento! Tantas veces he oído, y hasta he llegado a creer, que en la sociedad no había más que formas vacías y que la realidad se había desvanecido; pero ahora veo por mí mismo que este nunca puede ser el caso aquí, entre nosotros; podrá ser el orden en otras partes, pero no en Rusia. ¡A que no son todos ustedes jesuitas y embusteros! Acabo de oír la historia del príncipe N⸺. ¿Acaso no fue un humor sencillo y espontáneo? ¿Podrían semejantes palabras salir de los labios de un hombre que está muerto?, ¿de un hombre cuyo corazón y talentos se han secado? ¿Podrían hombres y mujeres muertos haberme tratado con la amabilidad con que todos ustedes me han tratado hoy? ¿No hay acaso material para el futuro en todo esto?, ¿para la esperanza? ¿Pueden semejantes personas dejar de comprender? ¿Pueden semejantes hombres alejarse de la
—Una vez más te rogamos que te calmes, querido muchacho. Hablaremos de todo esto en otra ocasión; yo seré el primero en hacerlo con muchísimo gusto —dijo el viejo dignatario, con una sonrisa.
Iván Petróvich gruñó y se giró en su silla. El general Epanchín se movió con nerviosismo. El superior de este último había iniciado una conversación con la esposa del dignatario y no le hacía ningún caso al príncipe, pero la anciana lo miraba muy a menudo y escuchaba lo que él decía.