pero se encontraba en un estado de ánimo confidencial y hablador. Anunció que había venido a contarle la historia de su vida a Muishkin, y que solo se había quedado en Pávlovsk con ese propósito. No había manera de echarlo; nada que no fuera un terremoto lo habría movido de allí.
A la manera de quien tiene muchas horas por delante, comenzó su relato; pero, tras unas pocas palabras incoherentes, saltó al desenlace, el cual era que «habiendo dejado de creer en Dios Todopoderoso, había perdido todo vestigio de moralidad y había llegado al extremo de cometer un robo».
—¿Podría usted imaginarse semejante cosa? —dijo.
—Escúcheme, Keller —replicó el príncipe—. Si yo estuviera en su lugar, no reconocería eso a menos que fuera absolutamente necesario por alguna razón. ¿Pero quizás