Si venimos aquí sin miedo a ser echados (como se amenazaba hace un momento) a causa del tono imperativo de nuestra demanda y de lo impropio de semejante visita a estas horas tardías (aunque no era tarde cuando llegamos, nos tuvieron esperando en su antesala), si, digo, entramos sin miedo, es precisamente porque esperábamos encontrar en usted a un hombre sensato; quiero decir, a un hombre de honor y conciencia.
Es muy cierto que no nos presentamos humildemente, como sus aduladores y parásitos, sino con la cabeza bien alta, como corresponde a hombres independientes.
No presentamos ninguna súplica, sino una demanda orgullosa y libre (¡téngalo bien presente, no suplicamos, exigimos!). Se lo pedimos clara y redondamente de manera digna.
¿Cree usted que en este asunto de Burdovsky tiene la razón de su parte? ¿Admite que Pavlíchev lo colmó de beneficios y tal vez le salvó la vida? Si lo admite (lo cual damos por sentado), ¿tiene la intención, ahora que es millonario, y no cree que sea conforme a justicia, de indemnizar a Burdovsky? ¿Sí o no?
Si es sí, o, en otras palabras, si posee lo que usted llama honor y conciencia, y nosotros llamamos con más justicia sentido común, acceda entonces a nuestra demanda, y el asunto se habrá acabado. Denos satisfacción, sin súplicas ni agradecimientos por nuestra parte; no espere agradecimientos de nosotros, pues lo que haga no lo hará por nuestro bien, sino por el bien de la justicia.