Por último, no podía menos que opinar que Nastasia debía estar al tanto del amor que Gania le profesaba y que, si él (Totski) no se equivocaba, ella lo había mirado con cierto agrado, al encontrarse a menudo sola y bastante cansada de su vida actual.
Tras haber señalado lo difícil que le resultaba a él, precisamente a él, hablarle de estos asuntos a ella, Totski concluyó diciendo que confiaba en que Nastasia Filíppovna no lo miraría con desprecio si ahora manifestaba su sincero deseo de garantizar su porvenir mediante un obsequio de 75.000 rublos.
Añadió que dicha suma se le habría dejado de todos modos en su testamento y que, por tanto, no debía considerar el presente de ningún modo como una indemnización por nada, pero que, a fin de cuentas, no había razón para que a un hombre no se le permitiera albergar el deseo natural de aligerar su conciencia, etc., etc.; en fin, todo lo que naturalmente se dice en tales circunstancias.
Totski se mostró muy elocuente de principio a fin y, para concluir, se refirió de pasada al hecho de que ni un alma en el mundo, ni siquiera el general Epanchin, había oído jamás una palabra sobre los 75.000 rublos antes mencionados, y que esta era la primera vez que expresaba sus intenciones respecto a ellos.
La respuesta de Nastasia Filíppovna a esta larga monserga asombró considerablemente a ambos amigos.
No solo no quedaba rastro de su antigua ironía, de su antiguo odio y enemistad, y de aquella espantosa risa cuyo mero recuerdo le hacía correr un escalofrío por la espalda a Totski hasta el día de hoy; sino que parecía encantada y verdaderamente contenta de tener la oportunidad de hablar seriamente con él por una vez. Confesó que desde hacía tiempo deseaba mantener una conversación franca y libre y pedir un consejo amistoso, pero que hasta entonces el