La generala Epanchin era una mujer orgullosa por naturaleza. ¿Cuáles debieron ser sus sentimientos al enterarse de que el príncipe Mishkin, el último de su estirpe y de la suya propia, había llegado ataviado como un mendigo, convertido en un infeliz idiota, en un limosnero... ¡Y todos estos detalles los había dado el general para lograr un mayor efecto! Ansiaba acaparar su interés de un solo golpe, con el fin de distraer sus pensamientos de otros asuntos que le tocaban más de cerca.
La señora Epanchin tenía la costumbre de mantenerse muy erguida y mirar fijamente ante sí, sin hablar, en los momentos de emoción.
Era una mujer excelente, de la misma edad que su marido, con la nariz ligeramente aguileña, la frente alta y estrecha, el pelo espeso que empezaba a encanecer y el cutis cetrino. Tenía los ojos grises y a veces adoptaban una expresión muy curiosa. Ella estaba convencida de que eran de lo más efectistas; una convicción que nada podía alterar.
—¿Cómo, recibirlo? ¿Ahora, en este mismo instante? —preguntó la señora Epanchin, mirando vagamente a su esposo, que seguía de pie, inquieto frente a ella.
—¡Válgame Dios, les aseguro que no hay necesidad de guardar tantas formalidades con él! —explicó el general apresuradamente.
—Es casi un niño, por no decir una criatura de aspecto patético. Le dan ataques de algún tipo y acaba de llegar de Suiza, directamente de la estación, vestido como un alemán y sin un céntimo en el bolsillo. Le di veinticinco rublos para que fuera tirando y voy a buscarle algún puestecito fácil en una de las oficinas del gobierno. Me gustaría que lo atiborrasteis bien de viandas, queridas mías, porque supongo que debe de estar muy hambriento.