En esa habitación, sobre el escritorio de María Ivánovna, vi un billete de tres rublos. Debía haberlo sacado para algún propósito y lo había dejado allí. No había nadie cerca. Tomé el billete y me lo guardé en el bolsillo; por qué, no sabría decirlo. No sé qué se me metió en la cabeza para hacerlo, pero ya estaba hecho, y volví rápidamente al comedor y volví a sentarme a la mesa. Me senté y esperé allí en un estado de gran agitación. Hablé por los codos, conté un montón de historias y me reí como un loco; luego me reuní con las señoras.
Al cabo de media hora más o menos se descubrió la pérdida, y los criados fueron sometidos a interrogatorio. Daria, la criada, era la sospechosa. Mostré el mayor interés y simpatía, y recuerdo que la pobre Daria perdió por completo la cabeza, y que empecé a asegurarle, delante de todos, que le garantizaría el perdón por parte de su señora si confesaba su culpa. Todos se quedaron mirando a la muchacha, y recuerdo que había una atracción maravillosa en pensar que allí estaba yo sermoneándola, mientras el dinero lo llevaba en mi propio bolsillo todo el tiempo. Fui y me gasté los tres rubros esa misma noche en un restaurante. Entré y pedí una botella de Lafite, y me la bebí; quería librarme del dinero.
“No sentí mucho remordimiento ni entonces ni después; pero no volvería a repetir la función—crétanlo o no según les plazca. Ea, eso es todo”.
—Solo que, por supuesto, esa no es ni con mucho tu peor acción —dijo la actriz, con evidente antipatía en el rostro.
“Eso fue un fenómeno psicológico, no una acción”, observó Totski.
—¿Y qué hay de la criada? —preguntó Nastasia Filípovna, con indisimulado desprecio.