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V

Al príncipe le persiguió durante todo aquel día el rostro del sobrino de Lebedev, a quien había visto por primera vez aquella misma mañana, exactamente igual que a veces a uno le persigue algún estribillo musical persistente.

Por una curiosa asociación de ideas, el joven se le aparecía siempre como el asesino del que Lebedev había hablado al presentárselo a Mishkin.

Sí, había leído algo sobre aquel asesinato, y además muy recientemente. Desde que había llegado a Rusia, había oído muchas historias de este tipo y le interesaban.

Su conversación con el camarero, hacía una hora, había versado por casualidad sobre este asesinato de los Zemarin, y este último había estado de acuerdo con él al respecto. Volvió a pensar en el camarero y decidió que no era ningún tonto, sino un hombre sensato e inteligente: aunque, se dijo a sí mismo, «sabe Dios lo que será en realidad; en un país que uno no conoce es difícil comprender a la gente con la que uno se tropieza». Sin embargo, empezaba a tener una fe

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