—Mire usted—le escribiré una carta—¡tome una carta para mí!
—No, no, príncipe; ¡debe perdonarme, pero no puedo aceptar semejantes encargos! ¡De verdad que no puedo!
Y así se separaron.
Evgueni Pávlovich salió de la casa con extrañas convicciones. Él también sentía que el príncipe debía de haber perdido la razón.
«¿Y qué quiso decir con esa cara... una cara que tanto teme y que, sin embargo, tanto ama? Y mientras tanto, bien puede morir, como él dice, sin ver a Aglaya, ¡y ella jamás sabrá cuán devotamente la ama! ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo se apaña el muchacho para amar a dos? ¡Dos clases distintas de amor, supongo! Esto es muy interesante; ¡pobre idiota! ¿Qué diablos será de él ahora?».