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I

Sería difícil describir sus pensamientos en aquel momento. Uno de ellos fue: «¿Se lo enseñaré a alguien?». Pero le daba vergüenza enseñarlo. Así que terminó por ocultarlo en el cajón de su mesa, con una sonrisa muy extraña e irónica en los labios.

Al día siguiente la sacó y la metió en un libro grande, como solía hacer con los papeles que quería poder encontrar fácilmente. Se rio cuando, una semana más tarde, reparó por casualidad en el título del libro y vio que era Don Quijote, aunque sería difícil decir exactamente por qué.

Tampoco puedo decir si les enseñó la carta a sus hermanas.

Pero cuando volvió a leerla una vez más, de repente se le ocurrió que sin duda aquel muchacho presumido, Kolia, no habría sido el único corresponsal elegido por el príncipe durante todo este tiempo. Decidió preguntárselo, y lo hizo con una

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