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IX

y se sentaron enfrente de mí; mujeres de buen ver; una iba de azul claro, la otra de seda negra. El faldero, una preciosidad con collar de plata, se tendió sobre las rodillas de la de azul claro. Miraban a su alrededor con altivez y hablaban en inglés entre ellas. No les hice caso, seguí fumando. Observé que las señoras se estaban enfadando⁠—a causa de mi cigarrito, sin duda. Una me miró a través de su monóculo de concha.

“No hice caso, porque no decían una sola palabra. Si no les gustaba el puro, ¿por qué no podían decirlo? ¡Ni una palabra, ni la más mínima indirecta! De repente, y sin la más leve sospecha de advertencia, el «azul claro» me arranca el puro de entre los dedos y, ¡fiu!, ¡por la ventana con él! Bueno, el tren siguió volando, y yo me quedé sentado atónito, mientras la joven, alta y rubia, y bastante roja de cara, demasiado roja, me miraba fijamente con ojos centelleantes.

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